
La calabaza del abuelo Jiménez
El sol de la tarde se colaba por la ventana de la casa del abuelo Jiménez, pintando de naranja el suelo de madera. Sus nietos, Yoy, Yoslito, Maite, Yosbel y Adiel, se acurrucaron a su alrededor, mirándolo con los ojos bien abiertos, listos para escuchar una de sus historias. El abuelo, con su barba blanca y su sonrisa arrugada, se acomodó en su mecedora.
—Hoy les contaré la historia de mi calabaza campeona —dijo, y los niños se acercaron más, curiosos.
—Hace muchos, muchos años, cuando yo era joven, participaba en el concurso de calabazas gigantes. Mi vecino, don Pedro, siempre se burlaba de mí porque yo plantaba muchísimas semillas en mi huerto. «¡Abuelo Jiménez!», me decía, «¿para qué gastas tanta energía en todas esas plantitas? Nunca crecerán grandes».
—Pero yo tenía un secreto. Cuando las calabazas empezaban a crecer, las observaba como si fueran mis tesoros. De las dieciséis más prometedoras, elegía solo las ocho que se veían más fuertes. A esas les daba el mejor sol y el agua más pura. ¿Y las otras? Las convertía en un delicioso puré que a todos les encantaba.
—¿Y luego, abuelo? —preguntó Yoslito, impaciente.
—De esas ocho, me quedaba con las cuatro más redondas y grandes. Las otras cuatro eran para hacer sopa. Y de esas cuatro, elegía las dos que se veían como verdaderas reinas. Las cuidaba con mucho más cariño que a las demás.
—¡Y finalmente —continuó el abuelo, con un brillo en los ojos—, de las dos, me quedaba con una sola! A esa única calabaza le daba todos los nutrientes que necesitaba, la protegía del viento y le cantaba una canción cada mañana.
—¡Y esa calabaza se hizo enorme! ¡Gigante! ¡La más grande de todo el pueblo! —exclamó Yoy, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Así es. Gané el primer premio. Mi secreto no era la magia, sino que aprendí a enfocarme.
El abuelo Jiménez se inclinó hacia sus nietos y bajó la voz.
—Mis niños, la vida es como mi huerto de calabazas. Tienen muchas cosas que quieren hacer: aprender a patinar, dibujar, leer, jugar fútbol… Pero si intentan hacer todo a la vez, no harán nada bien. La moraleja es que deben elegir las cosas más importantes para ustedes, esas que de verdad quieren que crezcan mucho. No intenten ser los mejores en todo. Sean los mejores en lo que realmente importa.
—Ahora entiendo —dijo Adiel, pensativo—, por eso me dices que es mejor terminar mi tarea antes de jugar.
Yosbel y Maite asintieron con la cabeza. Yoslito abrazó al abuelo. —¡Entonces mi calabaza es ser el mejor en armar legos!
El abuelo les guiñó un ojo. —¡Exacto, mis pequeños! ¡Elijan su mejor calabaza y denle toda su atención!
Los cinco niños se pusieron de pie, entusiasmados. Adiel, Yosbel y Yoy corrieron a buscar sus libros para hacer la tarea, mientras Yoslito y Maite se sentaron en el suelo, listos para armar un castillo de legos. La lección del abuelo Jiménez había echado raíces en sus corazones.
